martes, 26 de mayo de 2009

Un corazon que escuche

Hace unos días leí una pequeña historia que hablaba de la importancia, a veces, de estar junto a una persona que sufre algún dolor, solo con el corazón...
Un médico psicólogo atendía una consulta en un hospital... sus pacientes eran adolescentes... Cierto día le derivaron un joven de 14 años que desde hacía un año no pronunciaba palabra y estaba internado en un orfanato... Cuando era muy pequeño, su padre murió... Vivió con su madre y abuelo hasta hacía un año... a los 13 muere su abuelo, y tres meses después muere su madre en un accidente...
Solo llegaba al consultorio y se sentaba mirando las paredes....sin hablar... Estaba pálido y nervioso...
Este médico no podía hacerlo hablar.. comprendió que el dolor del muchacho era tan grande que le impedía expresarse...y él... por más que le dijera algo, tampoco serviría de mucho. Optó por sentarse y observarlo en silencio....acompañando su dolor....
Después de la segunda consulta, cuando el muchacho se retiraba, el doctor le puso una mano en el hombro: "Ven la semana próxima si gustas....duele, ¿verdad?..." el muchacho lo miró, no se había sobresaltado ni nada... solo lo miró y se fue...
Cuando volvió a la semana siguiente el doctor lo esperaba con un juego de ajedrez. Así pasaron varios meses...sin hablar....pero el notaba que David ya no parecía nervioso... y su palidez...había desaparecido... Un día, mientras el doctor miraba la cabeza del muchacho quien estudiaba inclinado hacia el tablero, pensaba en lo poco que sabemos del misterio del proceso de curación...
De pronto....David alzó la vista y lo miró: "Le toca - le dijo"
Ese día empezó a hablar... hizo amigos en la escuela, ingreso a un equipo de ciclismo... Y comenzó una nueva vida... su vida.
Posiblemente el medico le dio algo... pero también aprendió mucho de él... Aprendió que el tiempo hace posible lo que parece dolorosamente insuperable. Aprendió a estar presente cuando alguien nos necesita... a comunicarnos sin palabras. Basta un abrazo, un hombro para llorar, una caricia... un corazón que escuche.

domingo, 17 de mayo de 2009

La libertad de ser yo mismo

Creo saber lo que quiero. He aquí las cosas que me harían feliz. No desearé otras:
Quiero una habitación propia, donde pueda trabajar. Un cuarto que no sea particularmente limpio ni ordenado.
Quiero una habitación cómoda, íntima y familiar. Una atmósfera llena de olor a libros y de aromas inexplicables; una gran variedad de libros, pero no demasiados... sólo aquellos que pueda leer o que vaya a leer de nuevo, contra la opinión de todos los críticos literarios del mundo. Ninguno que requiera mucho tiempo para leerse, ninguno que tenga un argumento constante, ni que ostente demasiado el esplendor frío de la lógica.
Deseo tener la ropa de caballero que he usado algún tiempo y un par de zapatos viejos. Quiero la libertad de usar tan poca ropa como me venga en gana.
Quiero tener un hogar donde pueda ser yo mismo. Quiero escuchar la voz de mi esposa y la risa de mis hijos en la planta alta, mientras yo trabajo en el piso inferior, y quiero oírlos en el piso de abajo cuando yo esté trabajando arriba.
Quiero niños que sean niños, que salgan conmigo a jugar en la lluvia y que disfruten del baño de regadera tanto como yo. Quiero un pedazo de tierra en el que mis hijos puedan construir casas de ladrillo, alimentar a sus pollos y regar las flores. Quiero oír el canto del gallo por las mañanas.
Quiero que en el vecindario haya árboles viejos y frondosos.
Quiero algunos buenos amigos que me sean tan familiares como la vida misma, amigos con los que no necesite ser cortés y que me cuenten sus problemas; que sean capaces de citar a Aristóteles y contar algunos chistes subidos de color; amigos que sean espiritualmente ricos y que puedan hablar de filosofía y usar palabras gruesas con la misma sinceridad; amigos que tengan aficiones claras y una opinión definida sobre la gente y las cosas; que tengan sus creencias particulares y respeten las mías.
Quiero tener una buena cocinera que sepa guisar verduras y hacer sopas deliciosas. Quiero un sirviente viejo, viejísimo que piense que soy un gran hombre aunque no sepa en qué reside mi grandeza.
Quiero una buena biblioteca, unos buenos puros y una mujer que me comprenda y me deje en libertad para trabajar.
En fin, quiero tener la libertad de ser yo mismo.

_Lin Yutang