Un diploma universitario no garantiza que su poseedor sea ya un hombre instruido. Al contrario: significa que para el diplomado se ha abierto la puerta hacia un estado de perpetua ignorancia y, por tanto, de un hambre que dura toda la vida: hambre de más ideas, de más conocimientos, de más pensamientos buenos, de más reto, de más de todo esto. Entre las personas más tontas que conozco, algunas pasaron por escuelas y universidades grandes y prestigiosas. Un buen día subieron al estrado, recibieron su diploma o su título, se declararon personas instruidas y jamás volvieron a leer un libro, ni ejercitaron su mente en algo que fuera más allá de lo elemental para ganarse el pan o para descollar en sociedad, o para ambas cosas.
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